Cualquier trabajo fotográfico que aborde la narración, documentación o representación de culturas diferentes a la del autor de las imágenes está sujeto hoy día a consideraciones de orden ético. También a diferentes clases de prejuicios. Quizá por ello, desde hace no demasiadas décadas, se impone en las representaciones una suerte de mirada antropológicamente correcta; la adscripción de los trabajos a esa categoría moral determina cada vez mas su legitimación, ya sea científica o artística. El origen de esos merecidos prejuicios respecto de la fotografía antropológica se remonta a los primeros usos del medio.
Desde el comienzo de la historia de la fotografía hemos contemplado cómo las expediciones británicas y francesas documentaban la alteridad de sus colonias desde una óptica eurocéntrica. Tal ejercicio de catalogación se inscribía en un contexto cultural muy determinado: la continuación del periodo que se ha dado en llamar la Edad Moderna, basado en el racionalismo científico, y cuyo origen se remonta, según George Steinert, a la Grecia Clásica.: “El acto primordial de asombrarse y su desarrollo teórico-lógico es platónico y aristotélico hasta la médula.” No es casual por tanto constatar la preponderancia que ha tenido la fotografía para las metrópolis como instrumento, profundamente ideologizado, de representación, catalogación y comunicación, que ha argumentado su posición de poder en las propiedades de registro fidedigno que desde su invención se le han adjudicado a la fotografía. Dicho soporte, al que se le ha considerado históricamente como un notario de la realidad, ha jugado con ventaja a la hora de presentar el mundo de una determinada manera.